El Viajero Hambriento
España, Madrid

La Casona: porque no hay que complicarse para poder disfrutar

El viajero hambriento

El Restaurante La Casona es justo lo que necesitaba. Cuando creé este blog, este era el tipo de sitios que andaba buscando. Un mesón, con comida excelente, en un pueblo pequeño, alejado de las grandes ciudades. Algo como lo que encontré en la zona de Rascafría.

Un chuletón tan grande que necesitarás una carretilla para volver a casa, mariscadas eternas que llenan de envidia a cualquier astur o gallego, o almejas en salsa que obligan a hacer el barquito. Si sirven hogazas enteras recién horneadas, mejor que mejor.

La tradición contra la innovación forzada

Hoy en día, con el renacer de la nouvelle cuisine, uno se encuentra cada vez más a menudo ingredientes extravagantes e innecesarios en platos de cada día. Hamburguesas con foie gras, tacos con caviar, potajes con carabineros, arroces con huevo y trufa.

A quién no le gusta ir a comer trufas y caviar? Pero cuando hasta la hamburguesería de la esquina te vende carne supuestamente Wagyu (cosa imposible o la hamburguesa costaría 30€) y te cuelan aceite de trufa hasta en la ensalada (estos aceites suelen estar hechos en perfumerías, con exactamente 0.0% de trufa), a veces uno quiere volver a sabores puros.

No hace falta ir a restaurantes donde la carta es kilométrica, salpicada por conceptos extraños, sabores contundentes y casi de origen marciano, como esa imagen, que no consigo recordar que era. La Casona me ha demostrado que ingredientes excelentes, buen servicio y pocas florituras, agradan más que ir a ver el último «experimento» de los chefs con estrellas y que van a la moda.

Restaurante La Casona

Un sitio curioso, encontrado casi por azar, durante una ruta motera de fin de semana. La idea era visitar y disfrutar de la Sierra Norte de Madrid, paseando por Guadalix, Miraflores y demás pueblecitos encantadores, alejados del bullicio urbanos, rodeados de montañas y bosques.

Al atravesar Bustarviejo, entró bastante hambre. Lo único que quería tras varios kilómetros, era carne. Pero no un refinado solomillo en salsita de no-sé-qué. Quería carnaza, por lo que había que encontrar un mesón tradicional. ¡Vaya si lo encontré!

Calidad y Cantidad

Nada más sentarnos y pedir una cerveza tostada (no sé porqué, pero siempre que voy en moto, quiero una tostada 0.0), nos trajeron un aperitivo de la casa. Aquí empezaron las sorpresas (la mayoría muy gratas), ya que estoy acostumbrado a que como mucho me pongan unos boquerones sobre un trozo de pan o un poco de tortilla de patatas. Pero no: ¡trajeron un tartar! Precipitadamente emplatado, pero muy rico y suave, acompañado de una mermelada de tomate y pan recién tostado.

Sorprendido, pregunté al camarero por qué se «arriesgaban» en ofrecer esto nada más sentarse, teniendo en cuenta la moda del veganismo cool y el posible impacto que pueda hacer a algunos el ver y comer carne cruda. Me disipó las dudas indicando que era un aperitivo muy apreciado y, tras ver cómo reaccionaban los demás comensales al recibirlo (con sonrisas y palabras a su favor), me ilusioné al ver que la gente disfruta de este tipo de platos, lejos del ya sobreexplotado foie.

Aunque yo seguía con mi misión: carne. Revisé rápidamente alrededor de mi y me enamoré de un costillar que estaba siendo devorado a dos mesas de distancia. Ya que iba acompañado, pedí ese costillar y otras dos opciones de la carta.

Comenzamos con un revuelto de setas, boletus y langostinos. Por desgracia, no indicaron que era caldoso, cosa que no agradó a mi acompañante. Humildemente, creo que una salsa hubiese quedado mucho mejor. Los langostinos estaban muy pasados y posiblemente recién descongelados, pero esta combinación de bosque y mar fue interesante. Porción enorme, la cual me obligó a pedir la mitad para llevar o no iba a haber espacio para lo que aun estaba por llegar.

Los platos principales

Antes del costillar, recibimos encantados un plato enorme de ventresca de atún (nada de bonito barato, sino atún rojo, rico rico), sobre pimientos caramelizados. Punto perfecto, sabor carnoso, posiblemente la mejor ventresca a la plancha que haya tomado. Y por fin, el costillar.

A lo mejor tienen granjas con super cerdos o directamente tienen dinosaurios, porque ese plato era enorme.

La carne se despegaba perfectamente del hueso. El sabor de la salsa, a la vez especiada y dulce, entró perfectamente en cada fibra, pegándose a los dedos por toda la miel que tenía. Disfruté como un niño pequeño.

Hay ciertos momentos en los que para disfrutar de la comida hay que dejar atrás los modales y las normas de la mesa, como pueden ser las palomitas, alitas de pollo, aros de cebolla y, por supuesto, las costillas. Arrancas un hueso y lo dejas perfectamente limpio para pasar al siguiente. De vez en cuando hay que tomar un descanso para aprovechar el resto del plato: patatas fritas caseras y pimientos del padrón.

Por desgracia, todo tiene límites

Ya por la tercera cerveza llegó el gran problema: estábamos llenos y no íbamos ni por la mitad, ya que las raciones son enormes. Necesitamos más tuppers para llevar y dar una vuelta larga para poder digerir, porque con el estómago así era imposible hacer el viaje de vuelta.

Cuenta pedida y café disfrutado, pienso en un par de cosas que no me gustaron:

La primera es que todo está lleno de sal gorda. De sabor bien, pero una sensación desagradable de boca seca y áspera. Sé que peco de cocinar un poco soso, pero la cantidad de sal que me encontré aquí fue un tanto excesiva. La otra cosa fueron las porciones. Tres platos y un poco de pan no suena a tanto, pero creo que cada plato es una ración doble, de ahí también su precio superior a la media.

Al traer la cuenta, una tercera sorpresa: cobran empaquetar la comida que nos había sobrado. Más de tres euros para poder llevarnos lo que ya habíamos pagado a casa. 3€ es relativamente poco, pero nunca me había encontrado en una situación así.

 

 

En resumen

La calidad es increíble. Me quedé con ganas de probar el famoso Chuletón de Villagodio, que tenía una pinta que aun me hace salivar solo de recordarlo. La cantidad elevadísima; puede que demasiado, habría agradecido que nos hubieran avisado de que pedíamos demasiada comida (sobre todo si luego cobran un suplemento para poder llevárnoslo).

Si tuviese que dar un apunte, sería que rebajasen el nivel de sal y que el revuelto no venga con caldo. Pero claro, son dos pequeños matices en comparación de lo bien que comimos.

Muy recomendado, ¡pero ojo con el tamaño de las raciones!


  • Restaurante La Casona
  • Calle de la Lechuga, 20, 28720 Bustarviejo, Madrid
  • +34 670 21 77 38
  • Página de TripAdvisor

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